Brasil e Italia ofrecieron al mundo una de las finales más tensas, estratégicas y recordadas de la historia de las Copas Mundiales: un duelo sin goles en tiempo reglamentario ni en la prórroga, pero que se decidió en una dramática tanda de penales que se llevó la Seleção Brasileira por 3–2, consagrándose campeona del mundo por cuarta vez, en el Rose Bowl de Pasadena, California, en los Estados Unidos de Norteamérica el 17 de julio de 1994, ante 94,194 espectadores.


El sol californiano marcó el ritmo desde el pitazo inicial, desde el primer minuto, Brasil mostró su intención de dominar con posesión y ritmo, mientras que Italia se plantó con disciplina y orden, buscando cortar líneas y contragolpear con inteligencia.

Las oportunidades reales de gol brillaron por su ausencia. Bebeto y Romário, figuras del ataque brasileño, sortearon marcas y presionaron el área italiana, pero se toparon con una muralla bien armada por Franco Baresi y compañía. Italia, con Roberto Baggio como su principal referencia ofensiva, intentó combinar juego por las bandas y filtrar balones a la espalda de la defensa, pero el plan táctico de Parreira para Brasil y el férreo repliegue azzurri mantuvieron el marcador en blanco hasta el descanso.
Italia se replegaba bien, jugaba compacto, por momentos hizo incluso un línea de siete en el fondo, todos en paralelo, en otros instantes del juego dibujaban dos líneas de cuatro, buscaban mantener la superioridad numérica en zona defensiva, 7vs5, 8vs5 y así evitar sorpresas de los “brazucas”.
La situación de mayor peligro ocurrió cuando el portero italiano Gianluca Pagliuca no pudo controlar un disparo de larga distancia de Mauro Silva en el minuto 74; el balón se le escapó de las manos, impactó en el poste y milagrosamente, regresó a sus guantes ante la mirada atónita de Romário. Justo después de atraparlo y respirar de nuevo, Pagliuca —en un gesto que se volvió icónico— le dio un beso al poste agradeciéndole por haberlo salvado.
Los tiempos extra tuvieron situaciones, el calor y la fatiga las apagó.
Durante la prórroga, ambos equipos parecieron jugar con precaución extrema: cada pase era analizado, cada avance medido con lupa. Las defensas y la fatiga bajo el calor infernal dominaron el duelo.
Brasil volcó el campo sobre el área italiana. Hubo una jugada, en el primer tiempo extra, que pudo cambiar le rumbo, se mandó un centro venenoso desde la banda derecha. El balón cruzó toda el área y llegó a los pies de Bebeto, quien estaba en una posición inmejorable para fusilar a Pagliuca en el segundo palo; sin embargo, en lugar de prender la pelota de primera o acomodarse para el disparo, Bebeto decidió dar un al área chica al palo contrario buscando a Romário. El “Baixinho” venía cerrando la pinza, pero el servicio de Bebeto fue arrebatado de los botines del “morocho” por el arquero Pagliuca.
En el minuto 109, en el segundo tiempo extra, hubo otra situación que nació por la banda derecha. Cafú, que era un motor incansable por ese costado desde el minuto 21 que había ingresado por Jorginho, se internó al área por el costado derecho luego de una pared previa, llegó a línea de fondo, mandó un centro raso y preciso que cruzó toda el área chica, superando a los defensas italianos y al propio Pagliuca. La pelota le quedó servido a Romário, quien estaba prácticamente solo en el segundo palo, a unos dos o tres metros de la línea de gol. Para un tipo que metía goles hasta con los ojos cerrados, esa era “de trámite”. Romário intentó chocar el esférico de primera con el pie derecho, pero no la pudo conectar bien, quizá ya, en ese momento, por el cansancio. La pelota le pegó de forma defectuosa y salió llorando por un lado del poste izquierdo ante la mirada incrédula de todo el estadio.
Por ahí del minuto 113, Roberto Baggio, que venía jugando con una lesión en el muslo y estaba visiblemente agotado, sacó fuerzas de donde ya no había. En los albores del área, en pasillo central, se asoció mediante una pared, ingresó al área, se perfiló y sacó un derechazo raso casi que al ingresar al área. Se antojaba que hubiese podido penetrar más y perfilarse mejor, pero ante el calor agotador y al sentir la marca de la “Verdeamarela” se deshizo rápidamente de la pelota que murió en las manos de Taffarel. Baggio de inmediato se quedó en el césped y con las manos se tocó la punta del botín derecho para elongarse, en señal de indicios de calambre. Esa fue la última jugada de peligro del cotejo en los 120 minutos.
Las tandas de penales
Al llegar a los penales, la tensión se podía cortar en el ambiente. Italia comenzó la serie y el capitán Franco Baresi, visiblemente nervioso (recordar que presentó una rotura de menisco en la rodilla izquierda en el segundo partido vs Noruega y regresó a la titularidad 25 días después para disputar la final), lanzó su penal desviado, volándolo fuera del arco y dejando a Brasil con una ventaja temprana. Brasil respondió con Márcio Santos, cuyo disparo fue atajado por Pagliuca al recostarse a su derecha.
Demetrio Albertini y Alberigo Evani (Italia) acertaron sus tiros, manteniendo viva la esperanza azzurri; mientras que Romário y Branco (Brasil) también convirtieron con frialdad. El cuarto italiano, Daniele Massaro, vio como su intento era detenido fácilmente por el arquero Taffarel ante un disparo con poca fuerza, por el centro ligeramente cargado a la derecha. Luego vino el turno de Dunga, que con seguridad colocó su disparo para darle la ventaja definitiva a Brasil.
Todo se decidió con el quinto penal italiano: Roberto Baggio, héroe de Italia durante todo el torneo, inhaló profundo y soltó un disparo que se elevó por encima del travesaño, por el costado izquierdo, una calca de la falla de Baresi. El silencio invadió el campo, seguido de un estruendoso grito de alegría verdeamarelo: Brasil era campeón mundial.


Errores, arrepentimientos y reacciones
La final de USA 94 es recordada no solo por la falta de goles en el tiempo regular, sino por los errores desde los 11 pasos. Fallos de Baresi, Massaro y Baggio marcaron un capítulo que pesa como una losa en la memoria del fútbol italiano. Rumores y anécdotas posteriores incluso han llegado a afirmar que algunos jugadores italianos evitaron tomar un penal por miedo o ansiedad, según declaraciones recientes de excompañeros.
El técnico italiano Arrigo Sacchi restó dramatismo: “Esto no nos quita valor, estos jugadores nos llevaron a la final”, declaró con dignidad pese al dolor del momento. Por su parte, Baggio confesó años después que aquel penal marcado por la historia lo acompañó emocionalmente durante mucho tiempo.
Una final para la historia
Brasil, tras 120 minutos de férreo equilibrio, logró su ansiada cuarta estrella bajo el sol de California. Un título que quedó grabado no por la belleza de goles, sino por la intensidad, la épica de los penales y un dramatismo que sólo el fútbol puede regalar.

