Por: Federico Olvera
En el fútbol, la gloria debería ser eterna, pero en México tiene fecha de caducidad. Mientras recorro los kilómetros del AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires), donde actualmente radico, la realidad me golpea de frente: decenas de murales en cada barrio honran a Maradona y en un 30% a Messi. Es lo normal; allá se reconoce al que alcanzó la cima. En cambio, en México, hemos perfeccionado el deporte nacional de la ingratitud. ¡Qué paradoja! Somos un pueblo hospitalario y cálido, pero manejamos con una torpeza criminal el triunfo del paisano.
La realidad es que en México prevalece la envidia sobre el afecto. Hugo Sánchez Márquez es el ejemplo vivo de esta patología. Es una vergüenza internacional que el máximo artillero mexicano en Europa, con 562 goles en total en su carrera futbolística, leyenda absoluta del Real Madrid con 208 dianas, que cambió la percepción del futbolista azteca, no tenga un altar visual en nuestras calles. Hugo no fue Maradona, no jugaron la misma posición ni ganó un Mundial, pero su legado es incuestionable. Sin embargo, en nuestro ecosistema —infectado de “cangrejismo”— es más fácil atacar su franqueza que honrar su récord. La prensa vende clics con la polémica, los excompañeros bajan la mirada por celos y la FEMEXFUT lo ignora por política.

Somos el único país capaz de inaugurar un mural de Maradona en el Estadio Azteca o de proyectar estatuas monumentales de 9 metros para Pelé en el Estadio Jalisco, mientras permitimos que la figura de nuestro máximo exponente se oxide en la carencia de apología. De no creer: amamos lo ajeno y despreciamos lo propio. Es una falta de amor entre nosotros.
Hace poco escuchaba el podcast de Yosgart Gutiérrez —muy recomendable— donde Alfonso Sosa soltó una verdad aterradora: “el único hombre que quiere que le vaya bien a otro hombre es a tu hijo”. Sin saberlo, Sosa desnudó la miseria de la condición humana en nuestro fútbol y me atrevo a decir que de un promedio de nuestra sociedad en general. Olvidamos que éste es un deporte de conjunto y que, sin el ejercicio del bienestar común, el éxito colectivo siempre será nulo.
La prueba de esta bancarrota moral quedó sellada en marzo de 2016. Mientras Ámsterdam se arrodillaba ante Johan Cruyff, en Cuernavaca enterrábamos a Raúl Cárdenas en la más absoluta soledad. El arquitecto del Cruz Azul multicampeón y técnico del Mundial 70 se despidió en un funeral vacío, con coronas de flores enviadas por compromiso por América y Cruz Azul. Ese vacío no fue por falta de gente; fue el reflejo de una industria que no tiene gratitud por sus cimientos.

Es lamentable que el único con visión sea Jesús Martínez. Grupo Pachuca ha hecho el trabajo que le corresponde a toda una Federación. Si no fuera por el Salón de la Fama, los nombres de nuestros héroes ya se habrían borrado. Necesitamos más “Jesuses Martínez” y menos directivos que solo ven el fútbol como una caja registradora de corto plazo.
Desde mi lugar como ser humano, bajo las enseñanzas de mi padre y como católico que soy, trato de generar benevolencia. Pero en el fútbol mexicano parece una misión imposible; a Jesucristo le costó un montón, le sigue costando y a nosotros nos está costando la identidad. Un país que no honra a sus gigantes está condenado a la mediocridad. Hugo Sánchez y Raúl Cárdenas no necesitan nuestro permiso para ser grandes, pero nosotros sí necesitamos reconocerlos para dejar de ser una nación pequeña de espíritu.
