Brasil 2014 fue uno de los mejores para el combinado nacional en cuanto a las sensaciones. El resultado fue el mismo de los últimos 20 años: los octavos de final; no obstante, los dirigidos por Miguel Herrera dejaron una percepción clara ante el ojo público: la Selección Mexicana puede competir ante las potencias del mundo.

El verano del siguiente año llegaría con una agenda bastante complicada; las citas serían copas internacionales: Copa Oro en Estados Unidos y Copa América en Chile. Hubo una gran polémica respecto a las plantillas que irían a dichos torneos, pues al torneo de CONMEBOL asistiría una escuadra alternativa, mientras que el cuadro de lujo fue el designado para el torneo de la Confederación de Norte, Centroamérica y el Caribe. La escuadra Tricolor fue eliminada en la justa del Cono Sur en fase de grupos, tras empatar sus primeros dos encuentros, para después perder en la tercera fecha ante Ecuador, provocando dudas en el proyecto.
La consagración en la Copa Oro disputada en julio sirvió como bálsamo para las vitrinas; no obstante, las formas preocupaban y la presión mediática estalló debido a la polémica semifinal ante Panamá, con los famosos penales señalados por el estadounidense Mark Geiger. Controversia alimentada en mayor medida por los medios de comunicación, generando una campaña de desprestigio hacia la genuinidad de la competencia y del equipo mismo, más allá de emitir un análisis fundamentado sobre las decisiones arbitrales de aquella noche en Atlanta.

Tal presión desencadenó una inestabilidad en el seno del equipo nacional, especialmente en la dirección técnica, sector que tocó fondo el 27 de julio de 2015 en el Aeropuerto Internacional de Filadelfia, cuando Miguel Herrera agredió a Christian Martinoli, situación precedida de roces entre ambas partes a causa de críticas hacia el proyecto del “Piojo” por parte del periodista de TV Azteca. Herrera fue destituido del cargo al día siguiente a raíz del altercado.
En los siguientes meses, Ricardo Ferretti asumió un interinato con el objetivo de ganar la Copa CONCACAF, un partido contabilizado como torneo oficial que funcionó como repechaje para definir al representante de la región en la Copa FIFA Confederaciones 2017, a celebrarse en Rusia. El “Tuca” cumplió la consigna de forma notable al derrotar 3-2 a Estados Unidos en Pasadena, California; enfrentamiento recordado por utilizar tres “9” al mismo tiempo, conformando el ataque con Javier Hernández, Raúl Jiménez y Oribe Peralta.
Tras el interinato de Ferretti, el técnico elegido por la Federación Mexicana de Fútbol fue el colombiano Juan Carlos Osorio, entrenador con un exitoso paso por Atlético Nacional de Medellín. Los objetivos, claros: dominio y estabilidad en la clasificación al Mundial; competir por la inédita Copa América Centenario y en la Confederaciones. México cerró el año con un paso casi perfecto en las eliminatorias mundialistas, obteniendo su pase al Hexagonal Final sin complicación alguna.

El centenario del torneo de selecciones más añejo del planeta tuvo su sede en tierras norteamericanas, certamen en el que compitieron los diez países de la CONMEBOL, a los que se sumaron seis invitados de la CONCACAF. Las primeras pruebas para Osorio fueron Venezuela, Uruguay y Jamaica, rivales sorteados para la fase de grupos, donde los Aztecas dieron un golpe de autoridad finalizando en primer lugar.
Chile, el entonces monarca de la competencia, fue el rival para los cuartos de final, un duelo que, a priori, pintaba parejo, percepción reforzada por el gran estado de forma que mostraba el Tri. No obstante, el equipo sudamericano goleó por un aplastante marcador de 7-0, haciendo pasar la serie a la historia como “La noche de Santa Clara”. Los cuestionamientos ante tal humillación llegaron de inmediato; si bien el seleccionado era una escuadra competitiva, un episodio tan lamentable fue imposible de ignorar, convirtiéndose en una mancha imborrable en la historia del fútbol mexicano.

El estilo ofensivo de Osorio era bastante reconocible, gestionando de forma atípica las alineaciones, priorizando la competencia interna mediante rotaciones y destacando en su faceta táctica mediante la polivalencia de sus jugadores; rasgo que fue el más distintivo de su gestión, funcional en muchos momentos y criticado a más no poder cuando hubo fallos en sus planteamientos.
Un amargo 2016 cerró con una importante victoria ante Estados Unidos por eliminatorias, representando el inicio del camino de una clasificatoria que fue, por demás, tranquila. El gran reto estaba en la Confederaciones del año siguiente, donde México ocupó el Grupo A, con Rusia, Nueva Zelanda y Portugal como rivales. Una vez más, el combinado mexicano mostró una faceta competitiva en gran escenario, empatando a dos contra la campeona de Europa y accediendo a semifinales después de vencer a los anfitriones y oceánicos. Sin embargo, se volvió a caer en el momento cumbre, después de ser goleados 4-1 ante una Alemania plagada de jóvenes. México obtuvo el cuarto lugar de la justa al perder contra Portugal en el duelo por el tercer puesto; de esta forma, culminando una interesante participación que, por pasajes, dejó muy buenas sensaciones, entre ellas, una alineación con todos los jugadores militando en el viejo continente.

Como es costumbre, julio llegó con la tarea de asistir a la Copa Oro, donde se consumó el segundo gran fracaso de la era Osorio, al caer en semifinales contra una modesta Jamaica, concentrando presión de cara a la recta final del proceso mundialista del entrenador cafetero.
Con el boleto al Mundial amarrado desde septiembre, la Selección Mexicana apuntó a Rusia con ciertas dudas respecto a su funcionamiento y las rotaciones del estratega; sin embargo, pese a la irregularidad, el equipo solía mostrar jerarquía, lo que dejaba abierta la expectativa de trascender en Rusia, de la mano de una base sólida de jugadores experimentados militando en Europa.
