El fútbol americano tiene un nuevo templo y no está revestido de concreto gris, sino de la exuberante vegetación que rodea las impresionantes instalaciones que nos recibieron el viernes 25 para el día de medios. Desde el entrenamiento y las conferencias de prensa de los Dallas Cowboys, con el quarterback Dak Prescott y el coordinador ofensivo Brian Schottenheimer, se respiraba una energía distinta. No era la típica atmósfera fría de una franquicia de la NFL; era el preludio de algo histórico.
El sábado, la mística de Río nos alcanzó en lo más alto. Subir al Cristo Redentor en un día despejado y caluroso nos regaló una vista espectacular de la ciudad, pero sobre todo, una atmósfera espiritual imponente. Desde ahí arriba se entendía la magnitud de lo que estaba por pasar. La NFL no sólo llegó a Brasil; inundó sus arterias. La publicidad del juego estaba en cada rincón: en los vagones del metro, en las paradas de transporte público y en los espectaculares de las avenidas, complementado por activaciones oficiales que convirtieron a la ciudad en un gigantesco parque temático del ovoide.





Y llegó el momento del coloso. El Estadio Maracaná demostró por qué es una leyenda mundial: su visibilidad es perfecta desde cualquier ángulo e incluso en la zona más alta la perspectiva del juego fue impecable. Ahí dentro, la respuesta del público superó todas mis expectativas. Brasil es territorio NFL. La afición local armó un mosaico impresionante con jerseys de todos los equipos posibles, destacando una alianza curiosa: un 25% aproximadamente de asistentes con playeras de los Ravens que se unieron al resto para abuchear a los Dallas Cowboys, quienes aun así mantuvieron la mayoría con un 50% del aforo pintado de la estrella solitaria.



Fue un gran espectáculo con un final de película, aderezado por el gran juego de ambas escuadras. Sin embargo, los Cowboys dejaron escapar la victoria debido a un play calling deficiente por parte de un cuerpo técnico inexperto al que todavía le queda mucho por aprender. El colapso definitivo de Dallas comenzó en la última serie ofensiva, justo después de beneficiarse de una dudosa interferencia de pase. Con primer y gol en la yarda uno, el staff erró gravemente en la selección de jugadas: decidieron mandar un pase en lugar de correr con Javonte Williams, quien venía firmando una actuación por tierra dominante. Acto seguido, una costosa salida en falso de la línea complicó la anotación retrasando el balón a la yarda seis. En tercer down, la ansiedad se apoderó de Prescott, quien lanzó un “pase de miedo” directo al cielo para proteger la posesión, por órdenes de su coach, aunque George Pickens estaba solo en la esquina inicial de la zona de anotación, Prescott obedeció pues la orden de su coach evitaba la intercepción o la captura detrás de la trinchera, así se fue la oportunidad del touchdown y los la posible anotación de seis para ganar. El desastre estratégico obligó a Dallas a conformarse con un gol de campo de Brandon Aubrey que empató el marcador a 31, pero dejando una eternidad de siete segundos en el reloj.


A partir de ahí, la gestión del cierre rozó lo absurdo. En la patada de salida, en lugar de buscar que los Ravens regresaran el ovoide para consumir valiosos 3 o 4 segundos, la estrategia optó por evitar el regreso. El resultado fue un touchback limpio que colocó a Baltimore en su yarda 35 intactos de tiempo. Para rematar, la defensiva texana ejecutó una pésima estrategia mandando una cobertura hombre a hombre. Lamar Jackson leyó perfectamente el regalo y lanzó un pase profundo en el medio del campo. En lugar de dejar correr al receptor para agotar el último segundo y forzar el tiempo extra, el defensivo secundario cometió el pecado de tocarlo tras la recepción. Ese único segundo restante en el reloj fue oro para Jackson, quien solicitó el tiempo fuera definitivo. Con el escenario puesto, el pateador Tyler Loop congeló a los texanos acertando un monumental gol de campo de 56 yardas que dejó sembrado a Dallas en el terreno de juego, sellando un triunfo totalmente merecido para los Baltimore Ravens.


Tras el doloroso silbatazo y el 31-34 en contra de Dallas, la experiencia nos unió a todos, incluso a las estrellas. En la conferencia postpartido, Dak Prescott confesó que espera regresar algún día a Río para conocer al Cristo Redentor porque, como él mismo citó: “cuando voy a jugar a cualquier ciudad, voy de business trip, así que entre los entrenamientos y el juego, no tengo tiempo de conocer los lugares turísticos”. Esa frase nos quedó como anillo al dedo a mi pareja y a mí; el ritmo del periodismo es tan vertiginoso como las rutas de los receptores y no tuvimos tiempo de gozar de día las playas de Ipanema y Copacabana. Nos conformamos con una caminata nocturna por el malecón de Copacabana y un breve descanso en la zona de activación de los Pats, contemplando la avenida y los hoteles bajo las estrellas.

Cubrir el primer partido de la NFL en Río de Janeiro fue una endorfina pura: dos equipos electrizantes, quarterbacks, receptores y corredores que nos regalaron emociones al límite y un pueblo brasileño tan cálido, amable y cariñoso como el clima de su tierra. Nos despedimos con el sabor de una comida de mar espectacular a precios moderados y la sensación de haber sido testigos de una fiesta inolvidable, justo en la antesala de una semana de elecciones presidenciales cruciales para el futuro de este maravilloso país. Río anotó un touchdown histórico.