A lo largo de su historia, la Selección Mexicana ha construido su identidad entre altibajos, pero también con momentos que rompieron cualquier narrativa de limitación, aunque el anhelo máximo sigue siendo trascender en la Copa del Mundo, existen episodios donde el futbol mexicano no solo compitió, sino que dominó y conquistó escenarios internacionales.

El primero de esos golpes de autoridad llegó en la Copa Confederaciones 1999. Aquella tarde en el Estadio Azteca, México derrotó 4-3 a Brasil en una final en la que el combinado nacional mostró carácter, talento y resistencia. No fue un triunfo menor, debido a que se trató del primer título oficial avalado por FIFA para el tricolor. El equipo dirigido por Manuel Lapuente entendió el contexto y respondió con una actuación sólida, liderada por figuras como Cuauhtémoc Blanco. Más allá del trofeo, ese partido cambió la percepción internacional de México, debido a que dejó de ser un competidor incómodo para convertirse en un rival capaz de vencer a cualquier potencia.

Años más tarde, el protagonismo se trasladó a las categorías juveniles, ya que en la Copa Mundial Sub-17 de la FIFA 2005, México logró su primer campeonato del mundo en cualquier categoría al vencer 3-0 a Brasil en Lima. Aquella generación, encabezada por Carlos Vela y Giovani dos Santos, mostró una madurez táctica poco habitual. En este campeonato se vio un proceso que priorizó el orden, la presión alta y la inteligencia colectiva. Ese título representó un punto de quiebre: México ya no solo exportaba talento, también podía formar equipos campeones.

El impacto de ese logro se confirmó años después, cuando el país volvió a coronarse en la Copa Mundial Sub-17 de la FIFA 2011. Esta vez, el escenario fue el Estadio Azteca. Con el respaldo de su gente, el equipo dirigido por Raúl “Potro” Gutiérrez venció 2-0 a Uruguay en la final. La imagen del estadio lleno y la celebración reforzaron una idea: el futbol mexicano tenía una base sólida en fuerzas básicas. Sin embargo, también dejó una pregunta incómoda que sigue vigente: ¿por qué ese dominio juvenil no se traduce de forma consistente en la selección mayor?

El momento más alto en la historia reciente llegó en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. En el mítico Wembley, México venció 2-1 a Brasil y conquistó la medalla de oro. Fue un triunfo que rompió complejos históricos. Desde el gol tempranero de Oribe Peralta, el equipo mostró una personalidad competitiva que pocas veces se había visto. Más que una medalla, fue una declaración: México podía imponerse en el máximo escenario ante rivales de élite.

Finalmente, el bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 reafirmó la capacidad del país para mantenerse en la élite olímpica. Tras caer en semifinales ante Brasil, el equipo dirigido por Jaime Lozano respondió con carácter y venció 3-1 a Japón. Los goles de Sebastián Córdova, Johan Vásquez y Alexis Vega sellaron una actuación convincente.
Sin embargo, hay un punto que no se puede ignorar, debido a que todos estos logros, aunque relevantes, ocurrieron fuera del máximo escenario como lo es la Copa del Mundo. Ahí es donde el análisis debe ser más exigente. México demostró que puede ganar finales, competir contra potencias y formar generaciones talentosas, pero no logró sostener ese nivel en el torneo más crucial.