Por: Federico Olvera
¿Tomo decisiones basado en la razón o en el sentimiento?. La historia de la Selección Mexicana de fútbol en torneos internacionales de la FIFA no solo se escribe con goles y estrategias tácticas; se redacta, lamentablemente, con episodios de indisciplina que rayan en lo bochornoso. Desde la “fiesta de los 30” previa a Rusia 2018, pasando por el escándalo de las alcobas en la Copa América de Ecuador 2011, hasta la ya mítica reunión en Monterrey en septiembre de 2010, el patrón es claro: el festejo desmedido antes de la gloria.
Incluso en los escenarios más brillantes, la sombra de la indisciplina parece acechar. Un testimonio de una fuente muy cercana a Javier “Chicharito” Hernández revela un pasaje oscuro en Sudáfrica 2010: tras la histórica victoria de 2-0 sobre Francia, y en lugar de mantener el enfoque para asegurar el liderato de grupo, los seleccionados habrían organizado una fiesta masiva donde el alcohol fue el protagonista. Las consecuencias fueron directas en la cancha; México perdió 0-1 ante Uruguay, cediendo el primer puesto y condenándose a enfrentar a la potente Argentina en octavos de final. De haber dominado la razón sobre el impulso festivo, el rival habría sido Corea del Sur, alterando quizás el destino de aquella generación.
Ante estas críticas, los jugadores y el entorno del fútbol suelen alegar que son seres humanos con derecho al esparcimiento, a las mujeres y al alcohol. Tienen razón: nadie cuestiona su humanidad ni su libertad; sin embargo, la clave reside en el momento y el espacio. Un torneo oficial, la máxima cita del balompié mundial, no es el lugar para el exceso. Existe un tiempo para todo, y la falta de discernimiento para entender que una competencia de élite exige un paréntesis en el placer personal es lo que nos condena.
Estos hechos no son aislados. Son el síntoma de un mal profundo donde el impulso derrota a la reflexión. Actuamos antes de pensar porque nos gana la “gana”, el instinto primario que nubla la razón y silencia el deber ser. Políticamente hablando, el sentimiento no se aplaca; se desborda, y en ese desborde se pierde la brújula del éxito deportivo de alto rendimiento.
Esta es, quizás, la arista fundamental de por qué México sigue mirando la Copa del Mundo de la FIFATM desde la periferia de los cuartos de final. Es una muestra a pequeña escala de lo que sucede como sociedad: una tendencia a dejarse llevar por el momento, ignorando que la excelencia requiere una disciplina que castigue al instinto en favor de un objetivo mayor.
Tras trece meses viviendo en Argentina, la perspectiva cambia. Al palpar a la sociedad rioplatense, se percibe una diferencia cultural marcada en la toma de decisiones. Existe allá una tendencia más arraigada a anteponer la razón y la lógica del “deber ser” en términos generales, una estructura mental que, casualmente o no, se traduce en una mentalidad ganadora que ya luce tres estrellas en el pecho. Mientras México no logre que la razón domine al sentimiento, el Mundial seguirá siendo un sueño interrumpido por una fiesta inoportuna.