El escepticismo era el pan de cada día. Tras la consolidación que significó el proceso de Estados Unidos 94, el camino de la Selección Mexicana hacia territorio galo estuvo muy lejos de ser un viaje tranquilo. El equipo nacional atravesó por un cuatrienio de altibajos extremos: brillaba en torneos internacionales, pero se asfixiaba en su propia zona. Fue un ciclo que culminó con un cambio de timón que parecía un suicidio a meses de la justa, pero que terminó gestando a uno de los equipos más valientes e icónicos en la historia del fútbol mexicano.
El Hexagonal de la discordia: Un invicto que costó un puesto
La eliminatoria hacia Francia 98 inauguró el formato del famoso “Hexagonal Final” de la CONCACAF, y la consigna para México era clara: clasificar caminando. Bajo el mando del serbio Bora Milutinović, en su segunda etapa con el Tri, los resultados numéricos se dieron, pero las formas rompieron la relación con la afición.
México terminó el Hexagonal en primer lugar y de manera invicta, pero el saldo de 4 victorias y 6 empates dejaba un sabor amargo. Aquellos juegos trabados en Centroamérica y los empates sin goles en el Estadio Azteca ante potencias menores como Jamaica o Estados Unidos, evidenciaron a un equipo inoperante y temeroso. El Aztecazo estuvo a punto de ocurrir antes de tiempo, el divorcio con la tribuna era total y el grito de “¡Fuera Bora!” retumbaba en cada partido. A pesar de tener el boleto a París en la mano, la presión fue insostenible y la Federación decidió cortar la cabeza del técnico a meses del Mundial.
El roce internacional: Entre el dominio y el prestigio
Curiosamente, mientras el Tri de Bora sufría contra rivales de la zona, el equipo demostró a lo largo del ciclo que tenía madera para competir contra potencias sudamericanas y mantener su jerarquía en los torneos cortos de la región:
- Los dueños de la Copa Oro (1996 y 1998): México reafirmó su paternidad absoluta en la CONCACAF ganando ambas ediciones. En 1996, el Tri levantó la copa superando a una selección de Brasil (categoría sub-23 con invitados). En 1998, ya bajo la presión del año mundialista, refrendaron el título venciendo a Estados Unidos en la final, dándole un respiro vital al nuevo cuerpo técnico.
- Aventura Sudamericana (Copa América 1995 y 1997): La verdadera graduación de esta generación se dio en la Copa América de Bolivia 1997. Contra todo pronóstico, México alcanzó un histórico tercer lugar, mostrando un fútbol vertical y agresivo. Fue en este torneo donde Luis “El Matador” Hernández explotó ante los ojos del mundo, coronándose como campeón de goleo con 6 tantos, y dejando en claro que el Tri tenía pólvora para el Mundial.
- El trago amargo en la Confederaciones (1997): No todo fue miel sobre hojuelas. En el ensayo general de la Copa FIFA Confederaciones en Arabia Saudita, el equipo dio una de sus peores exhibiciones, quedando eliminado en fase de grupos tras ser exhibido por Brasil y Australia, encendiendo las alarmas a un año de la cita francesa.
El bombero Lapuente y la forja de los guerreros
Con Bora destituido, el elegido para apagar el fuego fue Manuel Lapuente. Con su clásica boina y su colmillo táctico, “Manolo” se enfrentó al pesimismo generalizado. El inicio de su gestión no ayudó: una gira de preparación por Europa dejó goleadas escandalosas y derrotas ante clubes de medio pelo que hacían presagiar la peor de las tragedias.
Sin embargo, Lapuente supo amalgamar el talento puro. Si el 94 fue el renacer emocional, el 98 fue la consagración de la irreverencia. Cobijados por la jerarquía inquebrantable de líderes como Alberto García Aspe y Claudio Suárez, y la figura inconfundible de Jorge Campos, Lapuente le dio rienda suelta a la madurez letal del “Matador” Hernández y al desparpajo de un joven Cuauhtémoc Blanco, que ya planeaba inventar la “Cuauhtemiña” en el mayor de los escenarios.
El Grupo E y la mentalidad de hierro
El sorteo no tuvo piedad. México quedó emparejado en un auténtico “grupo de la muerte” junto a la todopoderosa Holanda, la siempre rocosa Bélgica y Corea del Sur. En casa, las maletas parecían estar hechas para regresar después del tercer partido. Pero el equipo de Lapuente viajó a Europa con un arma secreta: una resiliencia a prueba de balas y la convicción de que el sistema importaba tanto como el orgullo.
Francia 98 no era un Mundial donde se esperaba que México deslumbrara desde el día uno, sino una prueba de fuego para demostrar si el carácter forjado en cuatro años de críticas, giras europeas catastróficas y podios en Sudamérica era genuino. Con el orgullo tocado y el cuchillo entre los dientes, el Tri aterrizaba en territorio galo listo para remar contra la corriente.