Vaya noche la de Rayados, aunque más que sorpresa fue confirmación, porque lo de Monterrey ya dejó de ser un accidente y empieza a parecer costumbre, de esas que pesan y que terminan por cansar incluso al aficionado más fiel. Y es que quedar fuera ante Cruz Azul puede entrar en cualquier pronóstico, sobre todo entendiendo que enfrente hay un equipo sólido, trabajado y con una idea clara, pero el tema no va por ahí, sino por cómo se vuelve a caer este equipo cuando más se le exige.

Porque si algo quedó claro en la serie es que Monterrey compite a ratos, ilusiona por momentos, pero se apaga demasiado fácil, y así es imposible aspirar a algo serio. En la ida parecía que la historia pintaba distinta; se fue al frente, manejó lapsos del partido y daba la sensación de tener control. Sin embargo, bastó un error, una mala salida de Santiago Mele, para que todo se viniera abajo, y no solo en el marcador, sino en lo mental, donde este equipo se rompe con una facilidad preocupante.
Y luego vino la vuelta, que más que revancha fue repetición, porque el equipo volvió a mostrar esa versión sin identidad, sin energía, sin ese sentido de urgencia; entonces no quedó otra más que aceptar que este Monterrey se muere de muy poco, que no resiste la presión y que, cuando el partido se ensucia, no sabe cómo responder.
Ahora bien, pensar que esto es solo por esta eliminación sería quedarse corto, porque el problema viene de mucho más atrás, prácticamente desde 2019, cuando levantaron su última Liga MX, ya que desde entonces el club navega entre intentos fallidos, plantillas caras y resultados que no corresponden. Sí, en el camino hay una Copa MX y una Concachampions, pero para lo que invierte Monterrey, eso no alcanza.

Porque nombres tienen y han tenido, desde Jesús Corona hasta Sergio Canales, pasando por Lucas Ocampos y hasta Sergio Ramos, jugadores que en cualquier otro contexto marcan diferencia, pero aquí no terminan de pesar como deberían, y eso inevitablemente lleva a mirar más allá de lo individual, porque cuando el talento no se traduce en funcionamiento, el problema es colectivo.
De hecho, si uno se mete un poco más, empiezan a aparecer versiones que explican muchas cosas, porque diferentes versiones apuntan que el vestidor no está precisamente en su mejor momento, y ojo, no es la típica división entre mexicanos y extranjeros, sino algo más delicado: la relación con el cuerpo técnico. Y es que cuando el mensaje no conecta, cuando el discurso pierde fuerza, el grupo empieza a soltarse, y ahí es donde todo se complica.

No por nada Monterrey ha tenido ocho técnicos en siete años, lo cual, más que mala suerte, evidencia una falta total de proyecto, porque aquí llegan, intentan, duran poco y se van, mientras el equipo sigue en el mismo punto. Pasaron nombres pesados, desde Víctor Manuel Vucetich hasta Javier Aguirre, Diego Alonso, Antonio Mohamed, Fernando Ortiz, Martín Demichelis, Domenec Torrent y ahora Nicolás Sánchez, y ninguno logró darle estabilidad al club.
Incluso los referentes salieron sin el peso que merecían, como el caso de Rogelio Funes Mori, máximo goleador en la historia del club, cuya salida terminó siendo más gris de lo esperado, y eso también dice mucho de cómo se están manejando las cosas internamente.
Ahora, tampoco se trata de decir que todo es negativo, porque sería injusto no recordar lo que hicieron en el Mundial de Clubes 2025, donde Monterrey mostró una cara completamente distinta, compitió con personalidad y le hizo partido al Borussia Dortmund en octavos de final, dejando una imagen que ilusionaba; sin embargo, lo preocupante es que eso quedó como un espejismo, porque desde entonces el equipo no volvió a ese nivel.
Y ahí es donde entra la duda fuerte, porque capacidad hay, ya lo demostraron, entonces el problema no es de calidad, sino de consistencia, de estructura, de rumbo y de ganas. La directiva invierte, sí, pero no siempre con claridad en lo que realmente necesita el equipo, los técnicos llegan a resolver urgencias más que a construir procesos, y los jugadores, al menos en la cancha, no transmiten esa hambre constante que se necesita para competir.
Mientras tanto, la gente sigue respondiendo, sigue llenando el estadio, sigue esperando una versión que rara vez aparece, y eso, con el tiempo, también pesa.
Así que no, lo de Cruz Azul no es un tropiezo aislado, es simplemente otro capítulo de una historia que ya se contó varias veces, porque Rayados no está lejos del éxito por falta de talento, sino por falta de dirección, y mientras eso no cambie, lo que hoy parece un fracaso más, mañana será la misma historia de siempre.