Abucheos en contra de la Selección Mexicana poblaron los decibeles este sábado después del partido ante Portugal en el Coloso de Santa Úrsula. Un resultado que, más allá de lo que dice el marcador, expone la distancia entre lo que se exige y lo que realmente se tiene: enfrente estaba la vigente campeona de la UEFA Nations League, quinta del ranking FIFA y con una plantilla valorada en 864.50 millones de euros, poco más de cinco veces el valor del conjunto azteca.

A lo largo de la historia, México no solo juega contra el rival en turno, también lo hace contra una expectativa construida a partir de aspiraciones intangibles. ¿Exigir una victoria ante el conjunto lusitano? Partiendo de esa lógica, parecería lo mínimo indispensable. Sin embargo, en una lectura más aterrizada, un empate sin goles ante un rival de tal envergadura está lejos de poder considerarse un fracaso. No solo es un resultado positivo, es incluso esperado.
Desde que el Estadio Azteca abrió sus puertas en 1966, el marcador en blanco ante selecciones europeas se ha repetido en diez ocasiones. Más que una excepción, es un reflejo bastante fiel del lugar que ocupa México dentro de la pirámide del fútbol internacional.
No hay ningún precedente que permita exigir algo más allá de los resultados que hoy se tienen. De forma constante se recurre al término de “selección mediocre”; sin embargo, en un contexto donde la materia prima fuese distinta, el concepto podría ser válido. No es el caso.
Al considerar la base de la que se parte, estar constantemente dentro de las mejores 20 selecciones a nivel mundial, de un total de 211 federaciones, es por demás, plausible considerando nuestro punto de partida.

El problema nunca ha sido exigir, porque evidentemente existe un mar de aspectos mejorables en nuestro fútbol, no obstante, hay que entender desde dónde se exige. Mientras el parámetro siga colocado en un punto que no corresponde a la realidad ni capacidades de la Selección Mexicana, cualquier resultado será leído con un sesgo de inconformidad. Es entonces cuando se repetirá el ciclo, la sensación de que antes se competía mejor, la nostalgia por plantillas de seleccionados que en su momento también fueron cuestionadas, y la eventual reivindicación de la selección que hoy se critica. No porque haya sido extraordinaria o sus resultados sean distintos a los habituales, sino porque el análisis volvió a partir de una premisa equivocada.