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Edwin, entre líneas: el escudo ya no gana partidos

Foto: Getty Images

Los Mundiales siempre tienen héroes inesperados, pero también gigantes que terminan convertidos en la gran desilusión del torneo. En esta Copa Mundial de la FIFA 2026 no ha sido la excepción. Mientras selecciones debutantes o con menos reflectores han aprovechado el formato de 48 equipos para competir sin complejos, algunas potencias han quedado muy lejos de las expectativas.

La mayor decepción, hasta ahora, tiene nombre propio: Uruguay. Llegó con un plantel lleno de figuras, con futbolistas de élite europea y bajo la dirección de Marcelo Bielsa. Sin embargo, se fue de la fase de grupos sin una sola victoria, en un grupo donde parecía tener argumentos para avanzar. El fracaso no solo fue deportivo; también estuvo acompañado por tensiones internas y críticas hacia el funcionamiento del equipo.  

Bélgica tampoco respondió a las expectativas. Durante años fue considerada una generación capaz de competir por el título y, aunque la mayoría de aquellos nombres ya no está, seguía siendo favorita para avanzar con autoridad. En cambio, ofreció un fútbol plano, carente de creatividad y que dejó más dudas que certezas durante la fase de grupos.  

España avanzó de ronda, pero eso no significa que haya convencido. Un empate sin goles ante Cabo Verde y actuaciones muy irregulares hicieron que un equipo señalado como candidato al campeonato perdiera parte del respeto que inspiraba antes del torneo. Clasificar no siempre significa convencer, y la selección española tendrá que elevar mucho su nivel si quiere seguir soñando con levantar la Copa.  

Lo más interesante es que estas decepciones reflejan un cambio en el fútbol mundial. El formato de 48 selecciones fue criticado por muchos bajo el argumento de que habría demasiados partidos desiguales. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario: las distancias se han reducido. Hoy, cualquier selección organizada puede competir, incomodar e incluso eliminar a una potencia.

Mientras unos decepcionan, otros aprovechan su oportunidad. Cabo Verde hizo historia clasificándose a la siguiente ronda en su primera participación mundialista, demostrando que el crecimiento del fútbol ya no pertenece únicamente a las selecciones tradicionales.  

Quizá esa sea la mayor enseñanza de este Mundial. El escudo ya no gana partidos. La historia tampoco. El prestigio sirve para alimentar el debate previo, pero una vez que rueda el balón, lo único que cuenta es el rendimiento.

Y en 2026, varias de las selecciones llamadas a pelear por el título han descubierto, de la manera más dolorosa, que vivir del pasado ya no alcanza para sobrevivir en una Copa del Mundo.

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