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El duodécimo hombre: Un torneo que se vuelve ritual

Hoy, con la misma nostalgia que invade mi mente cada cuatro años, despido una nueva Copa Mundial de la FIFA. Cada una tan diferente, pero con un común denominador que no puedo y no sé si quiero entender. Es casi mágico.

Soy fiel creyente de que la nostalgia es el resultado de recordar equívocamente. No todo fue tan bueno, creo. Pero ahora, estoy ciertamente convencido de que las cosas, en efecto, fueron buenas. Muy buenas.

Hace un año, incluso un poco más, me encontraba en la que, quizá, fue la cúspide de mi impaciencia porque la Copa Mundial de la FIFA finalmente diera inicio. El Mundial, por sí solo, ya era un excelente platillo, pero un Mundial en mi casa, nuestra casa, era ese ingrediente adicional que hacía del certamen algo aún más especial.

Motivos me sobraban para estar extasiado. La gente no me entendía; los futboleros, si.

Pasó el tiempo y esa fecha marcada en el calendario se acercaba. No hay fecha que no llegue, pero la espera se hacía eterna.

El paso de las horas, los días y los meses traía consigo todo lo que implica un Mundial de futbol. Algo muy particular que me encanta es coleccionar el álbum de estampas en víspera mundialista. Lo repetía en cada oportunidad que tenía y me cito:

“Esto es el ambiente mundialista: intercambiar estampas con desconocidos en Bellas Artes, con tu profesor de la universidad, con tus amigos en la escuela, con tu familia.”

También fue mágico ver a la ciudad prepararse para recibir al mundo. Los relojes con la cuenta regresiva son un ejemplo de ello, pero, sobre todo, ver al Estadio Ciudad de México ultimar detalles para inaugurar, por tercera vez, una justa veraniega. Ese recinto en el que he estado cientos de veces; algunas como un fan empedernido, otras tantas vestido de manera formal en el palco de prensa, guardando la compostura para no dejar que esa pasión que me caracteriza salga de mi. Ese recinto que, en más de una ocasión, he sentido como si fuese mi hogar. Y si, eso también es la fiebre mundialista.

Salir a las calles de la siempre conflictiva Ciudad de México y observar a la gente haciendo sus actividades portando la playera de alguna selección o de algún club era algo que me dejó maravillado, al igual que ver a tantas personas intentando ganarse la vida vendiendo cualquier tipo de mercancía relacionada con el Mundial.

Llegó el tan esperado día. Algunos estamos; otros no tuvieron la fortuna de llegar, pero vienen a nuestra mente cuando escuchamos nuestro himno nacional o cuando el árbitro hace sonar su silbato. Cada quien tiene su propio ritual.

Día jueves 11 de junio de 2026. Parece que ese día todo mundo despertó temprano. Personalmente, no pude conciliar el sueño. Salí a comprar algo para comer, pero, realmente, había un propósito escondido. Ir a comprar era solo el pretexto. Lo que realmente quería era ver lo que el presentimiento ya me adelantaba.

Fueron bellas imágenes las que mis ojos pudieron captar ese día. Me sentí afortunado de vivir. Todos, pero de verdad todos vestidos de verde. Fuera auténtica o no, eso no importaba. Todos portaban orgullosamente ese jersey verde para apoyar a México.

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Foto: Presidencia de la República

Toda esta gente es la que debió estar en el estadio ese día. Siempre voy a defender que el futbol es del pueblo. No de quienes pagan cantidades absurdas para ver un partido de balompié, dejando sin oportunidad a la popular. Esa gente que siempre deja todo en el graderío. Esa gente que da el color y el folclor que el futbol exige. Pero ese es un tema que trataré a fondo en otra ocasión.

Pitazo inicial en la cancha del Estadio Ciudad de México y bastaron únicamente nueve minutos para que el nombre que más mencionamos durante la justa se hiciera presente en el marcador: Julián Quiñones.

Los que estamos en el gremio futbolero sabemos que Julián es un gran jugador; conocemos al equipo en el que juega actualmente, así como a los clubes donde dejó una huella imborrable. Luego están quienes saben poco o nada de eso, pero ahí radica la magia: el nombre de Julián Andrés Quiñones Quiñones ya había quedado plasmado en sus mentes.

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Foto: Julián Quiñones en Instagram

Tengo que ser sincero: en ese momento no lo sabía, pero estaba viendo el precedente de todo lo que vendría más adelante. Algo que no decía mucho, decía demasiado. Era el anuncio de que, por fin, todos estaríamos en el mismo barco. Algo que, en mis escasos 22 años de vida, nunca me había tocado ver.

Ahora me alegra haber sido testigo de que el futbol rompió una barrera imaginaria. Las personas que jamás pensé ver festejar un gol con enjundia lo hicieron. Disfrutaron eso que yo tanto amo. Me alegra aún más que, muy probablemente, por instantes me comprendieran y compartieran esta hermosa pasión. Y ese es, precisamente, el objetivo de un Mundial: la unión, la celebración. Jalar todos pa’l mismo lado, dicen por ahí.

En medio de una situación tensa en nuestro territorio nacional, llegó la fiesta del futbol para darnos momentos de alegría que nos hicieron olvidar, aunque fuera por un tiempo, todo lo malo que sucede. Y eso que apenas era el primer partido.

La fiesta apenas comenzaba. ¿Fan Fest? ¿Qué es eso? ¿Ir a festejar al Ángel? ¿Qué podía salir mal?

Recuerdo perfectamente las noticias al día siguiente: cientos de miles de aficionados se reunieron en el Ángel de la Independencia para festejar el triunfo de nuestra selección. Otros miles hicieron lo propio en el Fan Fest instalado en la plancha del Zócalo capitalino.

Había nacido una nueva frase que adoptamos e hicimos nuestra: ¿Y si sí? Quizá derrotista, pero, sin duda, un logro de la crónica deportiva. Poner en tendencia una frase es complicado; hacer que todo un país la adopte, más complicado todavía.

Éramos millones con un jersey verde, con nuestra bandera, con exceso de fe y con nulo miedo contra el mundo. Pero ahora había que esperar una semana para volver a vibrar con el equipo mexicano.

Mientras tanto, aprendimos a volar, por voluntad propia o voluntariamente obligados. El mundo conoció nuestra fiesta. Fuimos tendencia con nuestras mexicaneces. Siempre encontramos la forma de pasar un buen rato: la espuma, el pato Merlín y, por qué no, la bebida.

La Ciudad de México se inundó de extranjeros. Playeras de Colombia, Uruguay, España, Argentina, Corea, Holanda y un sinfín de naciones podían verse por las calles de la capital. Nuestros amigos colombianos organizaron un banderazo en el Ángel de la Independencia: una auténtica fiesta llena de color y folclor en ese lugar que, por momentos, parecía el centro de Medellín. Nuestro escenario predilecto para celebrar, pasó a ser de Colombia por un momento. No es queja.

En el Fan Fest las cosas no eran muy distintas. Quizá solo un poco más controladas y menos ilegales. Activaciones, comida, juegos y mucho, pero mucho futbol.

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Foto: Presidencia de la República

Para el partido entre Colombia y Uzbekistán me propuse asistir con la tarea de encontrar colombianos y comprobar que tan bien se les da eso de la fiesta. Además, ese encuentro se celebraba en el Estadio Ciudad de México. Fui sin importar la lluvia, el tiempo o el cansancio. Vaya sorpresa que me llevé.

Antes de ir me prometí crear contenido para las redes del medio. Eso no sucedió. La fiesta me trasladó del Zócalo al Ángel de la Independencia. Ni la lluvia importó. Nunca me había empapado de tal forma, pero daba igual.

El Ángel nos recibió con una aglomeración de miles de personas. Los colombianos nos acogieron como a uno más. Que chimba de personas, justo como dirían ellos.

Eso fue ambiente mundialista en su estado más puro: gente compartiendo lo que tenía, abrazándose con desconocidos y unida por una misma pasión.

Los días pasaron y México debía enfrentarse a Corea en Guadalajara. Un solitario gol de Luis Romo selló la clasificación a dieciseisavos. México volvía a sumar de a tres y la fiesta no se hizo esperar.

Cerca de un millón de personas se reunieron para festejar el triunfo en el Ángel de la Independencia. La celebración era cada vez más grande.

Llegó el tercer partido. El rival sería Chequia y, sin mayor problema, el Tricolor se impuso tres goles por cero. La fiesta volvió a tener como epicentro el Ángel.

Más de un millón y medio de almas festejaban durante la noche. Ese momento de alegría nos hacía olvidarnos, por un rato, de todo lo malo de la vida. ¿Cómo íbamos a volver a casa? No lo sé. Todo era diversión. Y, aunque no sé qué tan de acuerdo estoy con este tipo de celebraciones, entendí que son parte esencial para hacer un Mundial más pintoresco. Solo había que cuidarse entre todos y colocar la basura en su lugar.

México completaba una fase de grupos perfecta: nueve puntos de nueve posibles y sin recibir gol.

Las imágenes hablaban por sí solas. Nunca vi algo igual y creo que, aunque vuelva a ocurrir algo similar, no lo veré de la misma forma que esta, la primera vez.

Dieciseisavos de final y el rival sería Ecuador. Dimos de que hablar nuevamente. La afición mexicana se hizo presente en el hotel de concentración de la selección ecuatoriana una noche antes, con el objetivo de hacerse sentir como hinchada.

Música, motos, fuegos artificiales y cánticos fueron solo algunos de los métodos utilizados para intentar incomodar al rival. Cada quien lo hace desde su trinchera y, si me lo preguntan, me parece perfecto.

Aprovechar la condición de local implica esas cosas. Es folclor del futbol y nada más que eso. Aplaudo mucho a la afición mexicana que se atrevió a hacerlo. Siempre consideré que la afición azteca es una de las más discretas del continente, pero, en esta ocasión, me cerró la boca.

México se impuso dos tantos a cero frente a la escuadra ecuatoriana. De la fiesta ya ni siquiera es necesario hablar. Cantidades enormes de personas en distintos puntos de la capital del país, pantallas en todos los lugares para poder ver el partido. México ganaba un encuentro de eliminación directa después de muchísimos años. No era para menos. De nuevo se hacía presente aquella unión que tanto me maravilló. Las rondas pasaban y, con ello, crecía la ilusión. Quien no creía, creyó.

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Foto: Reforma

Inglaterra ganó su encuentro al día siguiente y se confirmó el duelo de octavos de final. México enfrentaría a los europeos en la cancha del Estadio Ciudad de México.

Finalmente, México cayó eliminado a manos de los ingleses, pero luchando hasta el último minuto. Morimos con la cara viendo al Sol. Así cayó el sueño de toda una nación.

Quien antes no sentía algo por este deporte, esta vez sintió un vacío enorme con la eliminación. Por fin nos entendieron. ¿Ya vieron que llorar por futbol no es tan descabellado como pensaban?

Cada lágrima tiene una razón de ser. Me permití dejar caer algunas cuando México doblegó a Ecuador. Esas fueron de felicidad. Otros lloraron cuando caímos eliminados. Algunos despidieron a su ídolo de la infancia. Otros recordamos a quienes veían con nosotros las ediciones pasadas de la justa, pero hoy ya no están. Todas esas lágrimas tienen un mismo motivo: la pasión por el deporte más hermoso del mundo.

Esto sucede en la afición, pero también en los protagonistas del juego. Gilberto Mora llorando por la eliminación. Las imágenes de Cristiano Ronaldo y Lionel Messi rompiéndose siempre son difíciles de ver. Neymar quebrándose después de jugar lo que muy probablemente fue su último partido en Copas del Mundo. Eso es solo un poco de lo que este deporte puede generar. Solo un poco, muy poco.

Conocimos las historias de Cabo Verde; la injusticia que sufrió Irán y el lado más noble de México recibiéndolos con los brazos abiertos; México volviendo a emocionar a su gente; Paraguay dejando fuera a Alemania; la Noruega de Haaland y su peculiar remo; lo que muy probablemente fue el último Mundial de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo; la consolidación de Marruecos; la actuación espectacular de Vozinha; y España conquistando su segunda estrella. Seguramente omito algún momento y pregunto: ¿Cómo me van a convencer de que solo son 104 partidos? ¿Cómo me van a decir que solo es futbol?

El día que deje de pensar como pienso, ese día habré fracasado. Lo dije, lo digo y lo diré siempre: el futbol es lo más hermoso que existe.

Ver el Mundial en el trabajo, en la casa, en la escuela, en una computadora, en un teléfono, en una pantalla enorme rodeado de miles de personas; con amigos, con papá, con mamá, con tu abuelo, con tu abuela; solo, festejando o analizando. No importa. Ahí está la magia. En la simpleza.

Ahí está el valor agregado de una Copa Mundial de la FIFA. Claro, hay muchas cosas que podemos criticar. Pero este torneo, justo este, es el más especial.

Creía que era imposible explicar el porque era tan especial; después de escribir esto, creo que lo tengo más claro.

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Foto: Pressport

Entendí que no esperamos cuatro años por un campeonato. Esperamos cuatro años por volver a sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. Ese, y no otro, es el verdadero ritual de un Mundial.

Dentro de cuatro años volveremos a llenar un álbum de estampas, volveremos a hacer cuentas regresivas, volveremos a creer que esta vez sí. Volveremos a abrazar desconocidos, a llorar, a cantar un himno y a discutir por un fuera de lugar. Porque eso hace un Mundial: convertir un torneo de futbol en un ritual que, generación tras generación, nos recuerda que todavía somos capaces de emocionarnos como niños y de unirnos sin condiciones.

Gracias, futbol. Gracias por este hermoso mes. Nos vemos en cuatro años.

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