Cuando se habla de un equipo grande, se debe tener especial precaución, y más si se trata del Club América. Es bien sabido el pensamiento equívoco de un gran sector de aficionados de este equipo: cualquier cosa que no sea levantar el título al final de la campaña es un rotundo fracaso.
Esta filosofía no solo es predicada por el aficionado, sino que, de igual forma, es repetida en un sinfín de oportunidades por la prensa e incluso por el dueño del equipo, Emilio Azcárraga.
Digo que es equívoca por una serie de razones que, a mi parecer, son entendibles para cualquier persona con sentido común. El problema de esa exigencia es que ignora la naturaleza cíclica del futbol. Ningún equipo permanece en la cima para siempre. Este deporte se trata de pasajes, de momentos futbolísticos y de una infinidad de factores que hacen prácticamente imposible mantenerse dominante durante mucho tiempo y, en una liga como la mexicana, lo es aún más.

Cuando se es campeón, es sumamente normal que los equipos europeos acudan al mercado mexicano buscando apuntalar sus planteles, tentando a los jugadores a emigrar a una liga hipotéticamente superior. Empezando por ese primer factor, concluyo que es complejo mantener por un tiempo considerable a una plantilla base para intentar dominar la liga.
El segundo punto que quiero tratar es que, por más alta que sea la vara que dejó el tricampeonato, lo que sucedió en esa seguidilla de títulos no es normal y menos en el formato de la Liga MX. Es precisamente ahí donde nace el error: convertir una excepción histórica en la nueva medida del éxito. Aquellos tres campeonatos fueron la consecuencia de la combinación de un ajedrecista en el banquillo, una plantilla con una sinergia excepcional, la capacidad de adaptarse a distintos estilos de juego y, por qué no decirlo, una dosis importante de fortuna. Pretender que esa fórmula se repita de manera constante es desconocer la propia naturaleza del futbol. Si ganar un campeonato ya es complicado, hacerlo dos veces consecutivas es extraordinario; conseguir tres es histórico.
Tercer punto: nadie sale a la cancha a perder. El argumento de “los jugadores no le echan ganas”, que tengo que leer con alta frecuencia en las redes, es banal y vacío. También considero importante no deshumanizar al jugador. No son máquinas, son personas y, como nosotros, pasan por malas rachas en sus respectivos rubros. Hay veces que las cosas, por más que se intenten, simplemente no salen bien y ya. No significa que no se quiera o que no se entrene correctamente. Únicamente se trata de una mala racha. Solo eso.

El cuarto punto me parece crucial. Guillermo Almada recientemente arribó a la dirección técnica del equipo y es necesario entender que esto significa empezar, prácticamente, desde cero. Nuevas formas de entrenar, nuevos estilos de juego y una nueva filosofía. Hay equipos que mantienen a un entrenador durante mucho tiempo y no logran plasmar un estilo de juego reconocible; entonces, ¿qué podría hacer el charrúa en apenas dos juegos dirigidos?
Dos juegos, seis puntos posibles, una victoria, un empate, cuatro puntos conseguidos y están haciendo una tormenta en un vaso de agua.
Pregunto yo: ¿dónde está la crisis? A mi criterio, no es más que un caso de histeria colectiva generada por el nulo entendimiento de lo que es el futbol. Sumemos también que América aún no realiza ningún fichaje; eso sí es cuestionable hasta cierto punto, pues se trata de una de las nóminas más valiosas de la liga y, en teoría, con los elementos que tiene debería alcanzarle para competir. El pasar del certamen responderá esa duda.
Serán necesarios algunos refuerzos para apuntalar el plantel y crear un fondo de armario y, aun con las hipotéticas incorporaciones, me parece irresponsable seguir tildando de crisis a un momento futbolístico no tan favorable en cuanto a funcionamiento se refiere. Al menos, es efectivo.
Respondiendo a la pregunta inicial: no, América no está en crisis. Atraviesa un momento de apremio que le puede suceder a los mejores clubes del mundo. Eso y nada más.

Dejemos que pasen las jornadas, quizá un par de torneos y, entonces, solo entonces, podremos hablar de indicios de una crisis. Las crisis no se decretan después de dos partidos; se construyen con el tiempo.