Nos encontramos a vísperas de la presentación de los Potros de Hierro del Atlante, nuevamente como club del máximo circuito del futbol mexicano, que, de forma un tanto romántica, los federativos han decidido que este nuevo debut sea en una edición más del Clásico de Antaño ante los Rayos del Necaxa, una de las primeras rivalidades en México.
La industria del futbol en nuestro país ha crecido de forma exorbitante. Ahora hay un circuito cerrado de competencia; no existen los ascensos a la Primera División con el motivo de garantizar la plusvalía de la liga como marca, pues con esta condicionante, todos los participantes necesitan ser solventes económicamente para formar parte. Ante este muro se encontró Atlante durante años, siendo la institución más seria de la Liga de Expansión desde su creación, añorando el regreso a la división de oro de nuestro balompié; no obstante, el mérito deportivo quedó en un segundo plano bajo esta estructura.

Aunado a esto, la afición de los Potros sufrió un revés aún mayor en el último año, pues la franquicia terminó por mudarse a Zacatepec ante la negativa de jugar en el Estadio Ciudad de los Deportes, recinto del que hicieron su hogar desde su regreso a la Ciudad de México, después de haber estado años en Cancún, aún más lejos de su fiel y tradicional hinchada.


Este 2026 la historia es diferente, pues el Potro regresa al Coloso de Santa Úrsula, estadio del que son fundadores, por fin, cerca de su gente y sus raíces. Y es que el origen del Atlante es tan valioso como el de nuestro futbol. Se trata de una afición que durante décadas ha estado alejada de sus colores, una que ama el azulgrana por encima de los trofeos y que ha festejado títulos de Liga de Expansión como si de viejas glorias se tratase. Hay que cuestionarse: ¿qué otro sector de aficionados en la capital sería capaz de meter más de 17 mil asistentes a media semana para un partido de la abandonada división de plata? Probablemente, al tratarse de una final, lo harían, pero, en definitiva, pocos tragarían tanta tierra como para soportar ser parte de ese abismo, y mucho menos aficiones que dependen de partidos atractivos para teñir las gradas de sus colores.

Ahí es donde recae el verdadero valor del Atlante, que no se encuentra en los trofeos, sino en el arraigo, la tradición y la resistencia de una franquicia fundadora, pilar y pieza más que importante en la profesionalización de nuestro futbol.
Hoy estamos a un par de días del regreso de El Equipo del Pueblo, con un presupuesto limitado debido a la compra del certificado de afiliación a la Primera División, además de la necesidad de estructurar las fuerzas básicas y el equipo femenil, todo esto a marchas forzadas. Sin embargo, pese a la adversidad, el reto que deberá afrontar el Potro es uno que apela a sus orígenes: los de un club formado por obreros textiles de las colonias Roma y Condesa, donde los trabajadores que en un inicio jugaban en terrenos baldíos comenzaron a forjar un equipo de raíces populares. Una institución que encontró su identidad entre la clase trabajadora y terminó por ser pilar en la profesionalización de este deporte en nuestro país.
