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Gol de autor: México y sus formas, ¿ganar, ganar bonito o solo ganar?

El aficionado mexicano, el no aficionado, la prensa y cualquier ente del ecosistema del fútbol tiene, según ellos la autoridad para juzgar y decretar las formas por las que se deberían (o no) hacer las cosas en nuestro balompié. Esto se remonta a cualquier rubro; en la política por ejemplo, cada persona, por más o menos preparada, tiene la equivocada percepción de tener la razón absoluta, eso no significa que estarán estrictamente equivocados, ¿pueden tener la razón? si, pero esa posibilidad no dicta una situación común.

La Copa Mundial de la FIFA es el certamen más competido dentro del globo, mismo en el que conviven tantas historias, tan fantásticas como impredecibles. A lo largo de la historia han existido campeones vistosos y dominantes, así como otros mucho más conservadores y pragmáticos. Incluso, varios de los grandes protagonistas del torneo han construido sus éxitos de formas completamente distintas.

La Brasil de 1970 es recordada por muchos como la máxima expresión del futbol espectáculo; la España de 2010 hizo del control y la posesión su principal virtud; mientras que la Italia de 2006 encontró en la solidez defensiva el camino hacia la gloria. Ninguna fórmula fue igual a la otra y, sin embargo, todas terminaron levantando la Copa del Mundo.

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Foto: Sampics

Incluso la Brasil campeona de 2002, por muchas cosas buenas que se puedan decir de aquel equipo, no fue una máquina perfecta. Revisando sus resultados, los dirigidos por Luiz Felipe Scolari brillaron más por su pragmatismo que por la espectacularidad. Contaban con futbolistas extraordinarios, sí, pero también entendían cuándo había que sufrir, cuándo había que administrar ventajas y cuándo simplemente bastaba con ganar. Es ahí donde radica una de las grandes enseñanzas que deja la historia de los Mundiales: no existe una sola manera de alcanzar el éxito.

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Foto: Gazeta Press

La Selección Mexicana es un caso curioso. Sufre de ser David o Goliat según sea el caso y el escrutinio público. Muchas veces es catalogada como un ente mediocre dentro del fútbol internacional; sin embargo, bajo una evidente incongruencia, también se le exige aplastar, someter y dominar a sus rivales, no como un escenario ideal, no, sino como una obligación. ¿Siendo un ente mediocre?

Evidentemente, esta percepción está sujeta a un grave problema de dimensión. Resulta complicado sostener simultáneamente que México pertenece a un escalón secundario del fútbol mundial y, al mismo tiempo, exigir comportamientos propios de las grandes potencias. La exigencia, en sí misma, no es el problema; la contradicción aparece cuando las expectativas terminan desconectándose de la realidad.

Quizá por ello, cada victoria del Tricolor parece venir acompañada de un juicio adicional. Ganar no siempre basta; también se exige convencer. Y cuando se convence, surge una nueva vara para medir el desempeño. El debate deja de centrarse en el resultado y comienza a girar alrededor de las formas, como si existiera una única manera válida de competir.

En esta Copa Mundial de la FIFA 2026, México marcha con dos victorias ante Sudáfrica y Corea, además de una portería imbatida. Antes del partido ante los coreanos, se mostraban dudas por la jerarquía, dinámica y calidad de los jugadores surcoreanos, incluso maximizándolos tras vencer 2-1 a Chequia, unas horas después de la victoria de México ante Sudáfrica, equipo tachado de “amateur”.

Ya en el día del partido, Chequia empató ante la “amateur” Sudáfrica y México nulificó el mediocampo de Corea. Incluso hubo abucheos al mediotiempo por ir empatando 0-0 contra la “todopoderosa” (según los detractores) Corea. Al finalizar el partido, las críticas se dejaron caer. ¿La razón? Ganar por la mínima diferencia ante una Corea que, si nos remontamos 24 horas al pasado, era una máquina perfecta ante la cual el Tri no tenía oportunidad alguna.

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Foto: David Ramos/Getty Images

Al final, el resultado queda intacto, pero la narrativa cambia según la necesidad del momento. México suma, compite y responde en un grupo donde las jerarquías se ajustan partido a partido, pero el juicio público rara vez se mueve con la misma velocidad. Lo que hoy es potencia mañana puede ser “amateur”, y lo que hoy es triunfo ajustado ayer era fracaso anunciado. Quizá el punto no sea únicamente lo que hace la Selección dentro de la cancha, sino la forma en la que se decide interpretarlo desde fuera.

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