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Italia, la dinastía azzurra vuelve a reinar en París: derrotó 4-2 a Hungría y conquistó el Mundial de 1938

En una tarde marcada por la tensión política prebélica, la Selección de Italia se consagró bicampeona del mundo al derrotar 4-2 a su similar de Hungría en el duelo por la Gran Final de la Copa Mundial de la FIFA Francia 1938TM. El trascendental encuentro se disputó en el césped del Stade Olympique de Colombes, ubicado en las afueras de París, Francia, el domingo 19 de junio de 1938. Bajo la estricta mirada del estratega Vittorio Pozzo, el combinado italiano revalidó la corona obtenida cuatro años antes y consolidó su época dorada ante el asombro del continente.

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El dibujo táctico de la Selección Italiana campeona del Mundial de 1938. Imagen: Federico Olvera.

El imponente escenario parisino abrió sus puertas para albergar a una masa electrizante de 45,000 espectadores, quienes colmaron las tribunas con el ferviente deseo de presenciar un choque de gigantes. Desde el silbatazo inicial del colegiado George Capdeville, el juego adquirió una dinámica vertiginosa. Apenas al minuto 6, la pizarra se inauguró mediante una joya colectiva: Giovanni Ferrari condujo en pasillo central a dos tercios ya en campo rival y mando un pase a Silvio Piola quien recibió por el sector derecho del área grande, avanzó con potencia y envió un pase preciso al área al segundo palo, donde Gino Colaussi apareció libre para definir de zurda y de volea ante la salida del arquero Antal Szabó. El balón se incrustó junto al poste izquierdo y desató la celebración italiana.  

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La Italia de Giuseppe Meazza venció a Hungría por 4-2 en la Gran Final de la Copa Mundial de la FIFA Francia 1938TM Foto: X de @FifaWorldCup

La respuesta de los magiares fue furiosa y casi inmediata. Dos minutos después, tras una serie de rebotes caóticos en el área italiana, el ariete Pál Titkos controló el esférico en el vértice del segundo palo del área chica, previo un tiro centro de un compañero, sacó un zapatazo de zurda implacable bajo el travesaño para vencer al arquero Aldo Olivieri para decretar el empate transitorio ante el júbilo de la afición local, que apoyaba abiertamente a los húngaros.

El ida y vuelta no dio tregua, pero la inteligencia táctica de la dupla Meazza-Ferrari comenzó a inclinar la balanza. Al minuto 16, una vertiginosa combinación de pases rápidos en el área penal, rompió la zaga central de Hungría, permitiendo que Silvio Piola recibiera en el corazón del área y definiera con frialdad un derechazo que fue a parar en el ángulo superior derecho, para devolverle la ventaja a los vigentes campeones y colocar el 2-1.

Los magiares acusaron el golpe y trataron de reaccionar mediante la técnica de su capitán György Sárosi, pero la contundencia de los dirigidos por Pozzo fue demoledora. Diez minutos antes del descanso, al 35, una nueva triangulación comandada por Giovanni Ferrari desarmó la defensa rival, dejando a Gino Colaussi completamente libre de marca en el corazón del área un poco inclinado al pasillo izquierdo; el extremo no perdonó y firmó su doblete con un tiro raso que colocó el 3-1 parcial en el marcador.

El complemento

Durante el complemento, el ritmo físico disminuyó y Hungría quemó sus últimas naves en ataque. Aunque los magiares dominaron la posesión y generaron volumen de juego, la férrea línea defensiva italiana, comandada por Pietro Rava, neutralizó la mayoría de las arremetidas. Sin embargo, la insistencia húngara tuvo premio al minuto 70: en una jugada individual llena de coraje, el mítico György Sárosi se filtró entre los centrales y batió al arquero Aldo Olivieri con un remate cruzado, inyectando dramatismo a la recta final con el 3-2. El asedio húngaro se intensificó y estuvieron a punto de igualar el cotejo tras un disparo de Zsengellér que pasó rozando el poste. Finalmente, cuando el sufrimiento acechaba a la Azzurra, una genialidad colectiva apagó la rebelión al minuto 82: Amedeo Biavati sirvió de taco para Silvio Piola, quien sacó un zurdazo fulminante que selló el 4-2 definitivo y desató los festejos italianos.

El arbitraje

El arbitraje del francés Georges Capdeville transcurrió sin grandes polémicas. Aunque existieron algunas protestas aisladas por infracciones fuertes y jugadas divididas, las crónicas de la época no registran errores arbitrales determinantes que hayan influido directamente en el marcador. El encuentro fue intenso, físico y veloz, pero se desarrolló dentro de parámetros relativamente normales para el fútbol de aquella época.  

Las reacciones

Tras la entrega del trofeo, las declaraciones reflejaron la enorme presión que envolvía a los protagonistas de la época. Años después del partido, el defensor italiano Pietro Rava desmitificó en una entrevista el famoso mito sobre un telegrama intimidante del dictador Benito Mussolini que supuestamente ordenaba “vencer o morir”. El zaguero aclaró con firmeza: “No, no, eso no es verdad. Él nos envió un telegrama deseándonos lo mejor, pero jamás con la frase ‘vencer o morir’. Jugamos por el orgullo de nuestro fútbol”.

Por el lado húngaro, la frustración fue evidente pero caballerosa. El portero Antal Szabó, resignado ante la superioridad de los campeones, dejó una frase para la posteridad que reflejaba el alivio de haber concluido el torneo en paz: “Nunca me había sentido tan feliz por perder un partido. Con los cuatro goles que me hicieron, le salvé la vida a once seres humanos”, haciendo eco de los tensos rumores políticos que rodeaban a sus rivales.

El reporte de la FIFA a continuación en la siguiente liga: https://web.archive.org/web/20071129211253/http://www.fifa.com/worldcup/archive/edition=5/results/matches/match=1174/report.html

Final del Mundial de 1938 entre Italia y Hungria
Italia fue superior a Hungría aquella tarde en París. Foto: cortesía de X @fifaworldcup

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