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¿Más grande significa mejor? El Mundial de 48 selecciones aún no convence

Foto: FIFA

Cuando la FIFA anunció que la Copa Mundial de la FIFA crecería de 32 a 48 selecciones, el argumento parecía irrefutable: más países, más historias y un torneo verdaderamente global. Sobre el papel, era una victoria para el fútbol. En la práctica, al menos en esta primera edición, la discusión sigue abierta.

Es cierto que la ampliación ha permitido que países que jamás habían vivido una Copa del Mundial escriban el capítulo más importante de su historia. Ver nuevas banderas, nuevas aficiones y futbolistas que nunca imaginaron disputar un Mundial le ha dado un aire fresco al torneo. El fútbol, al final, también trata de abrir puertas.

Sin embargo, la otra cara de la moneda ha sido imposible de ignorar.

La diferencia de nivel entre varias selecciones ha quedado expuesta desde la fase de grupos. Algunos partidos han sido auténticos espectáculos, pero otros han evidenciado una brecha competitiva enorme. Goleadas, equipos incapaces de competir durante 90 minutos y encuentros que difícilmente estarán en la memoria de los aficionados alimentan la sensación de que no todos llegaron realmente preparados para un escenario de esta magnitud.

El formato también ha diluido parte de la esencia del Mundial. Antes, clasificar a octavos de final era un premio reservado para los mejores. Hoy, con 32 equipos avanzando de ronda y la posibilidad de acceder incluso como uno de los mejores terceros, la fase de grupos perdió buena parte de la tensión que la hacía única. Ya no cada partido es una final. Ahora, en muchos casos, el margen de error es demasiado amplio.

Paradójicamente, la emoción parece comenzar cuando termina la fase de grupos. Es hasta los dieciseisavos de final cuando el torneo adquiere el dramatismo que históricamente caracterizó a los Mundiales.

Eso no significa que el experimento haya fracasado. Sería injusto afirmarlo. También hemos visto selecciones emergentes competir con personalidad, estadios llenos en sedes poco habituales y una diversidad cultural que enriquece la Copa del Mundo. El problema no es la inclusión; el problema es que el crecimiento deportivo no siempre avanza al mismo ritmo que el crecimiento comercial.

Y ahí aparece la pregunta inevitable: ¿la FIFA amplió el Mundial pensando en el desarrollo del fútbol o en multiplicar ingresos por derechos de televisión, patrocinadores y boletos? Probablemente haya un poco de ambas cosas, pero es difícil ignorar que el negocio parece haber pesado tanto como el deporte.

Quizá el verdadero juicio no deba hacerse en 2026, sino dentro de tres o cuatro ediciones. Muchas de las selecciones debutantes volverán a sus países con una experiencia invaluable y podrían reducir la brecha competitiva en el futuro. El crecimiento necesita tiempo.

Por ahora, el Mundial de 48 selecciones deja una sensación ambigua. Es más grande, más diverso y más rentable. Pero eso no significa, necesariamente, que sea mejor. Porque en el fútbol, como en casi todo, la cantidad nunca debería imponerse sobre la calidad.

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