Hay noches en el Estadio Olímpico Universitario en las que el frío del sur de la ciudad se disipa no por el clima, sino por la fricción de la historia sucediendo en tiempo real. La de ayer, viernes 30 de enero, fue una de esas veladas. Bajo las luces de CU, Pumas no solo ganó; Pumas levitó. El 4-0 contra Santos Laguna no fue un simple resultado, fue una declaración de principios y, sin duda, la obra maestra, hasta ahora, de la era Efraín Juárez.
Durante meses, el proyecto de Juárez había navegado entre la duda y la promesa. Pero ayer, en los primeros 45 minutos, el equipo auriazul se despojó de cualquier vestigio de inseguridad para mostrar su versión más letal, estética y dominante. Fue un monólogo futbolístico. Un Pumas que no prestó el balón, que mordió en la salida y que ejecutó con la precisión de un relojero suizo y la pasión de un hincha en el pebetero.
La narrativa del encuentro tuvo un protagonista con guion de tragedia griega para los visitantes: Jordan Carrillo. El ex de Santos, aplicando la inexorable «ley del ex», se convirtió en verdugo apenas al minuto 12. Un centro de Alan Medina otro de los arquitectos de la noche encontró la cabeza de Carrillo, quien remató con una frialdad que contrastó con el fuego que encendió en la grada. No lo gritó con rabia, pero el estadio lo hizo por él.
Pumas olió la sangre y, a diferencia de torneos pasados donde solía especular, esta vez fue voraz. Al 21′, el panameño Adalberto «Coco» Carrasquilla decidió que la noche necesitaba arte. Recibió fuera del área y soltó un latigazo de derecha que dejó a Carlos Acevedo como un espectador de lujo. El balón besó la red y la acústica del Olímpico retumbó con el «Goya» más sonoro del 2026.
Pero la sinfonía no había terminado. Al 31′, Carrillo firmó su doblete tras una jugada colectiva que recordó a los mejores tiempos de la academia universitaria. Y antes del descanso, al 40′, Alan Medina cerró la pinza con un disparo de media distancia que selló el 4-0.
Cuatro goles. Cuarenta minutos. El Santos de Torreón no jugaba contra once hombres; jugaba contra un estado de ánimo. Fue, categóricamente, el mejor primer tiempo que se le ha visto a Pumas desde que Juárez asumió el banquillo.
Mientras la delantera destrozaba, la retaguardia observaba con tranquilidad, custodiada por una figura de talla mundial. Keylor Navas, con la jerarquía de quien ha levantado Orejonas en Europa, intervino poco, pero cuando lo hizo, fue decisivo para mantener el cero y la elegancia.
El segundo tiempo fue un trámite de gestión, un «cascarita» de lujo que sirvió para el debut de Uriel Antuna al minuto 56, quien se sumó a la fiesta de un equipo que ya se sentía ganador desde el vestidor.
En la rueda de prensa, Efraín Juárez, lejos de la euforia desmedida, optó por la filosofía. Citó el mito de Ícaro: «Vuelas muy arriba y el sol te derrite las alas; vuelas muy abajo y la brisa del mar también te las derrite». Una advertencia sabia para un equipo que hoy duerme soñando alto.
Ayer en el Pedregal, Pumas no se quemó con el sol ni se hundió en el mar. Ayer, Pumas encontró su altura crucero. Si esta es la versión que Juárez prometió, el Clausura 2026 podría ser el torneo donde la Universidad Nacional deje de soñar con la gloria para empezar a tocarla.